
Museo Regional de Michoacán "Dr. Nicolás León Calderón"
Fundado originalmente en 1886 en un palacio de Morelia, aloja una valiosa colección prehispánica reunida inicialmente por su primer director, Nicolás León, y láminas de códices raros, mapas, indumentaria antigua y objetos insignes, como la mesa en que se firmó la Constitución de Apatzingán.
Es el más antiguo de la Red de Museos del Instituto Nacional de Antropología e Historia y exhibe la historia y la cultura de Michoacán desde los primeros asentamientos humanos hasta las postrimerías del Porfiriato. Ocupa un estupendo edificio de la segunda mitad del siglo XVIII, que de acuerdo con el estudioso Gabriel Silva Mandujano es ejemplo máximo del tipo de arquitectura doméstica que se edificó en la antigua Valladolid en aquella época. Construida en 1775, la denominada Mansión de Isidro Huarte pasó a manos de Ignacio Montenegro a la muerte del primero, luego al Seminario Tridentino y más tarde a Manuel Malo. Durante el gobierno del general Mariano Jiménez (1885-1892) el estado la adquirió con la intención de instaurar la Academia de Niñas, pero el 30 enero de 1886 se decidió fundar un museo en el inmueble, cuya dirección estaría a cargo del Dr. Nicolás León (1859-1929), médico, historiador, lingüista, etnólogo, antropólogo, polígrafo y naturalista mexicano.
Durante los primeros años, el acervo reunido por León fue itinerante, deambulaba entre el Colegio de San Nicolás y el Palacio de Gobierno, hasta que en 1915 recibió como domicilio definitivo esta edificación palaciega de estilo barroco moreliano para dedicarla a la conservación, difusión e investigación de patrimonio cultural de Michoacán.
En 2011, el monumento histórico que ocupa el Museo Regional de Michoacán fue cuidadosamente restaurado, y el nuevo guion museográfico propone una mirada al pasado de la región desde las perspectivas de la arqueología, la historia y el arte a través de más de 300 piezas distribuidas en las 12 salas de exhibición permanente, en las cuales se ensamblan los ejes temáticos que abarcan el desarrollo cultural del actual estado de Michoacán.
Cabe mencionar que en el proceso también se dio tratamiento de conservación a los murales que alberga el edificio histórico: Hombres y máquinas (1934), de Grace Greenwood; La Inquisición (1935), de Philip Guston y Reuben Kadish (1913-1992); Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1954), de Federico Cantú; Los defensores de la integridad nacional (1951) y Los pueblos del mundo contra la guerra atómica (1951), de Alfredo Zalce.
En el Museo es posible apreciar diversas láminas de códices como la Relación de Michoacán, el Lienzo de Xiuhquilan y los Títulos de Carapan. También se integraron al discurso museográfico mapas que dan cuenta del cambio de la región luego de la avanzada española y la evangelización, así como apoyos visuales y gráficos que sitúan cronológica y geográficamente cada momento histórico. La colección se compone asimismo de indumentaria, mobiliario y objetos de uso cotidiano.
En lo referente a las piezas históricas, están en exhibición la mesa donde se firmó la Constitución de Apatzingán y una colección de retratos de personajes históricos, como Vasco de Quiroga, Agustín de Iturbide, Melchor Ocampo y algunos gobernadores del estado de Michoacán.
Entre los tesoros que guarda, los más visitados son un óleo pintado sobre tela en el siglo XVIII de autor anónimo, llamado Traslado de las monjas catarinas a su nuevo convento, por la descripción que hace de la ciudad; los murales de autores como Alfredo Zalce, la representación de la Conspiración de Michoacán y los lienzos de Jicalán (siglo XVI) y Carapan (siglo XVIII).
El Antiguo Michoacán (2000 a.C.-1521)
Presenta de forma sucinta la importancia de los diferentes horizontes culturales en el Michoacán antiguo: el periodo Formativo o Preclásico (3000 a.C. a 200), el Clásico (200 a 900) y el Posclásico (900 a 1500).
Presenta de forma sucinta la importancia de los diferentes horizontes culturales en el Michoacán antiguo: el periodo Formativo o Preclásico (3000 a.C. a 200), el Clásico (200 a 900) y el Posclásico (900 a 1500).
Tres momentos del pasado michoacano
Las culturas desarrolladas en este territorio se transformaron con el paso de los años no sólo por su propia dinámica o por los cambios que sufrió el medio ambiente, sino también por la influencia de pueblos que llegaban de manera constante tanto con ánimos pacíficos como guerreros. En estas salas se muestran tres momentos de esas culturas.
El Preclásico (3000 a.C.-200)
Durante el periodo Formativo o Preclásico se inició el desarrollo cultural del occidente de México. Estos pueblos agrícolas, capaces de mantener una población sedentaria, construyeron aldeas y centros ceremoniales, enterraron a sus muertos y desarrollaron complejos estilos y técnicas cerámicas. Ejemplos de ello son El Opeño, la cultura capacha en Colima y, un poco más tarde, Chupícuaro. Al parecer durante este tiempo existió cierta interacción de las culturas de occidente con Tlatilco, en el Altiplano Central, con las del Caribe e incluso con las de Sudamérica.
El Clásico (200-900)
Durante el Clásico, mientras en Mesoamérica florecían grandes ciudades, en el occidente se conservaron las aldeas y centros ceremoniales con tendencias unificadoras. Zacapu alcanzó una pizca del prestigio por el auge de Teotihuacán.
Se sabe que existieron relaciones culturales con el centro de México. Una de las innovaciones tecnológicas más importantes del periodo fue la metalurgia.
El Posclásico (900-1500)
En occidente, el Posclásico se caracterizó por cierta inestabilidad política y grandes movimientos de población. Durante este periodo se mejoraron las técnicas para la extracción de minerales y el trabajo con aleaciones. Las rutas de comercio cambiaron de dirección para vincular al occidente con los nuevos centros de poder. Fue el tiempo en que poblaciones antes autónomas se unificaron en un Estado expansionista, el “señorío” tarasco, cuyo centro geográfico fue la cuenca del lago de Pátzcuaro, que enfrentó con éxito las intrusiones mexicas.
El Opeño, Chupícuaro, Tingambato, Tzintzuntzan
Destaca cuatro periodos culturales en el territorio michoacano: la cultura de El Opeño (1500-1200 a.C.); la cultura de Chupícuaro (400 a.C.-250), la cultura de Tingambato (500-900) y la cultura tarasca, desarrollada en el Posclásico (900 a 1522).
Destaca cuatro periodos culturales en el territorio michoacano: la cultura de El Opeño (1500-1200 a.C.); la cultura de Chupícuaro (400 a.C.-250), la cultura de Tingambato (500-900) y la cultura tarasca, desarrollada en el Posclásico (900 a 1522).
Las tumbas de El Opeño
El Opeño es uno de los sitios arqueológicos más representativos de los primeros pueblos asentados en Michoacán. Se trata de un sitio aldeano ubicado en el actual municipio de Jacona. Sus tumbas y ofrendas funerarias son las más antiguas de que se tiene noticia en el occidente. Eran cámaras subterráneas cubiertas por bóvedas, excavadas en el subsuelo y a las que se tenía acceso por medio de escaleras. Dentro de ellas se depositaba a los difuntos para después sellar la entrada con enormes piedras lajas.
La cultura de Chupícuaro
La cultura de Chupícuaro surgió en el valle de Acámbaro, en la cima de una pequeña colina donde se unen los ríos Lerma y Tigre. Los yacimientos de obsidiana y cinabrio de los volcanes circundantes y de la densa red fluvial hicieron de Chupícuaro un lugar estratégico y propicio para la agricultura.
Chupícuaro es el sitio mejor conocido del Preclásico en el occidente de México, también llamado periodo Formativo Tardío (500 a.C.-0). Sus habitantes vivían en sencillas casas de bajareque cubiertas de piedra. Por desgracia, la construcción de la presa Solís provocó la inundación y cubrió el patrimonio arqueológico de la zona. Para su estudio se conserva una magnífica alfarería cuya técnica y diseño influyeron en una amplia región. Piezas cerámicas de este estilo se han encontrado en torno a las cuencas lacustres de Yuriria y Cuitzeo, en algunos sitios de Jalisco y, en general, en todo el Bajío, lo cual sugiere un intenso intercambio cultural.
A mitad de camino: Tingambato
Tingambato, o también Tinganio, se ubica entre las actuales ciudades de Uruapan y Pátzcuaro. En lengua tarasca, el nombre significa "lugar donde termina el fuego". Se encuentra en el límite entre Tierra Caliente y Tierra Fría. Fue un centro ceremonial de gran importancia, cuyos primeros pobladores llegaron hace unos 1800 años y se consideran los antecesores del señorío tarasco, que floreció hacia 1450. Los objetos de cerámica allí encontrados dan pistas de la historia de esta región, pues no sólo continuaron con la tradición regional iniciada en Chupícuaro, sino que sus producciones fueron el antecedente de las desarrolladas por los tarascos en Tzintzuntzan e Ihuatzio. La arquitectura de Tingambato rompe con las características de los asentamientos de la región, ya que presenta un sistema constructivo similar al de Teotihuacán, que consiste en la presencia de talud (la pared inclinada por arriba hacia atrás) y tablero (la pared vertical), pero sin el acabado que existió en aquella gran metrópoli. Por ello algunos arqueólogos dudan de que la presencia de esta arquitectura sea suficiente para hablar de una influencia en la actividad constructiva.
Tzintzuntzan: La consolidación del señorío purépecha
Ubicada en el corazón de la cuenca del lago de Pátzcuaro, Tzintzuntzan o “lugar de los colibríes” fue la última gran capital del “señorío” tarasco o purépecha. El cazonci Tariácuri la fundó alrededor de 1325, y en la época de mayor apogeo albergó una población de 40,000 habitantes. Desde allí se controlaba la vida política, económica y religiosa de una región de la costa, Tierra Caliente, el Bajío guanajuatense y pequeñas porciones de Guerrero y Jalisco.
Su localización, en la ladera del cerro Yahuarato, permitía la visibilidad de gran parte de la cuenca, y su protección estaba asegurada por el propio cerro.
Se sabe que Tzintzuntzan contaba con un embarcadero desde donde sus habitantes se desplazaban a poblaciones localizadas al norte del lago y, a partir de allí, a otras regiones como la Ciénega de Zacapu, donde los tarascos tenían un importante centro de poder.
Uno de los confines más importantes del “señorío” tarasco era la frontera oriental que compartía con un enemigo poderoso: los mexicas. Éstos intentaron penetrar en su territorio en varias ocasiones, pero los tarascos los rechazaron una y otra vez, con lo que se ganaron el respeto de sus aguerridos adversarios. Además de ser magníficos guerreros, se distinguieron por establecer relaciones cordiales con sus tributarios.
La tarasca se erigió como una de las sociedades más importantes del Posclásico. Destacó por su habilidad para trabajar la turquesa, la obsidiana, los metales y la alfarería. Sus aportes y desarrollo fueron los cimientos de una gran cultura cuyo espíritu pervive hasta hoy.
Cosmovisión y conquista
Muestra el rompimiento de la historia tarasca, comenzando con la cosmovisión y los presagios del final de su mundo; la conquista española y con ella, la creación de un nuevo modelo territorial.
Muestra el rompimiento de la historia tarasca, comenzando con la cosmovisión y los presagios del final de su mundo; la conquista española y con ella, la creación de un nuevo modelo territorial. Se plantea la indispensable fundación de pueblos, villas y ciudades, de la mano siempre de las congregaciones y la evangelización, proceso fundamental para entender cómo se colonizó Michoacán.
El paisaje de la cuenca lacustre de Pátzcuaro, rodeada de volcanes y con frecuente sismicidad, sin duda marcó la vida de los habitantes del "señorío" tarasco. Sus dioses más importantes encarnaban la naturaleza, el sol, la luna, los montes, el mar y las lagunas. La entrada del ejército español a estas tierras, en 1522, desencadenó una serie de procesos históricos, políticos y culturales que modificaron profundamente la realidad de la región.
La Relación de Michoacán describe los augurios que precedieron el arribo español. Con sueños premonitorios, lluvia de cometas, temblores de tierra y resquebrajamiento de los templos, los antiguos dioses "advertían" que "todo ha de quedar desierto porque ya vienen otros hombres a la tierra..."
Y los presagios se cumplieron. Los soldados españoles emprendieron la ocupación del territorio tarasco, la destrucción de los objetos y sitios ceremoniales, la búsqueda de tesoros y el sometimiento de la población. El territorio del señorío y sus recursos se distribuyeron entre los españoles como encomiendas. Poco después llegaron los primeros evangelizadores y los colonos; su presencia no fue menos impactante: la población indígena quedó congregada, se establecieron pequeñas empresas agrícolas y ganaderas y se emprendió la búsqueda de minerales y su explotación, con lo que se modificó en definitiva el paisaje de la provincia.
La llegada de los españoles a América y, en particular, a Michoacán constituyó un violento choque de dos universos culturales. El asesinato del último cazonci tarasco, Tzitzincha Tangaxoan, a manos del capitán español Nuño de Guzmán, ilustra la magnitud de la colisión, fenómeno que daría origen a un nuevo universo: el novohispano.
La evangelización en Michoacán
Presenta parte de la obra evangelizadora de Vasco de Quiroga, que fuera secundada por las órdenes religiosas recién llegadas.
Presenta parte de la obra evangelizadora de Vasco de Quiroga, que fuera secundada por las órdenes religiosas recién llegadas.
Vasco de Quiroga
Vasco de Quiroga nació en la villa de Madrigal de las Altas Torres, en Castilla la Vieja, hacia 1480. Se formó como abogado y años después se incorporó al servicio de la corona española. Su labor como funcionario la llevó a cabo fuera de la península ibérica, en las posesiones españolas. En 1525 fue nombrado juez de residencia en el norte de África y en 1531 se trasladó a la Nueva España, donde se desempeñó como oidor de la Segunda Audiencia de México. Allí se puso en contacto con la complicada realidad derivada de la Conquista: la explotación y el abuso de los indios por parte de los encomenderos y una grave crisis política, ocasionada por el mal gobierno de la Primera Audiencia.
Hacia 1533 llegó a Michoacán como visitador de la Real Audiencia para atender las quejas de los indios e indagar sobre la actividad minera de la región. Allí desarrolló una destacada labor social de pacificación, evangelización y organización social. Por la trascendencia de su obra, y a pesar de no tener formación eclesiástica, la corona lo propuso como primer obispo de Michoacán, cargo que ostentó desde 1538 hasta su muerte, en 1565. Poco antes de morir, don Vasco dictó una "Memoria y declaración" que ha sido considerada como su testamento. En este documento estableció las bases jurídicas de sus principales obras y fundaciones: el Colegio de San Nicolás Obispo y los pueblos-hospitales de Santa Fe, inspirados en la Utopía de Tomás Moro.
Códices, siglos XVI-XVIII
Alberga originales y reproducciones de algunos códices y lienzos pertenecientes a diferentes pueblos indígenas del territorio michoacano.
Alberga originales y reproducciones de algunos códices y lienzos pertenecientes a diferentes pueblos indígenas del territorio michoacano.
Códices: Testimonios de la tradición oral indígena
Los indios mesoamericanos desarrollaron una importante tradición de escritura pictográfica. Cada imagen o pictograma representaba un significado, acción, nombre, lugar, fecha o número que asentaba, en papel amate, tela o cuero, la palabra transmitida de manera oral. Una de las principales funciones de los códices y lienzos consistió en registrar los acontecimientos histórico-religiosos de una comunidad para legitimar el poder de sus gobernantes y, por tanto, sus derechos territoriales.
A la llegada de los españoles, la tradición pictográfica se mantuvo. En Michoacán no se ha encontrado ningún códice o lienzo prehispánico, pero se conservan algunos realizados durante los tres siglos de dominio español. En ellos es notoria la influencia occidental, tanto en la técnica como en la incorporación de iconografía europea y glosas en alfabeto latino por parte de los pintores o escribanos tarascos, los carariecha.
Cada documento respondía a demandas y necesidades diversas; así se representaron historias fundacionales, migraciones, costumbres, rituales, organizaciones sociopolíticas, linajes, jurisdicciones sobre la tierra, mapas y modos de tributar. Debido a que los códices y lienzos eran sólo un recordatorio de la información transmitida de manera oral, han sido interpretados de diversas formas durante los años que siguieron a su elaboración. Mucho de su significado original desapareció con sus autores, quienes conocían las historias y tradiciones que plasmaron.
El obispado de Michoacán
Representa con sus imágenes la expansión de la diócesis michoacana más allá del antiguo territorio tarasco. A la capital política y religiosa, Valladolid (hoy Morelia), llegan recursos económicos tanto de la fértil Tierra Caliente como del boyante Bajío.
Representa con sus imágenes la expansión de la diócesis michoacana más allá del antiguo territorio tarasco. A la capital política y religiosa, Valladolid (hoy Morelia), llegan recursos económicos tanto de la fértil Tierra Caliente como del boyante Bajío. Se consolida con ello uno de los obispados más prósperos de la Nueva España.
Territorio y economía
Durante el Virreinato, el obispado de Michoacán abarcó un vasto y productivo territorio que, desde finales del siglo XVI hasta el XVIII, ocupó los actuales estados de Michoacán, Guanajuato, Colima, partes de Jalisco, Guerrero y San Luis Potosí.
El territorio del obispado de Michoacán contaba con diversas zonas geográficas dedicadas a diferentes actividades económicas: en el norte se encontraban los ricos yacimientos mineros de Guanajuato y San Luis Potosí; el Bajío destacaba por sus fértiles tierras, pastizales y ganados, mientras que Tierra Caliente y la costa fueron reconocidas por su variada producción agrícola y pecuaria. En el siglo XVIII, gracias al desarrollo de cada una de estas regiones (en especial del Bajío y Tierra Caliente), el obispado de Michoacán fue una de las diócesis más prósperas de la Nueva España, después de los obispados de México y Puebla.
Ilustración y reformas borbónicas
Presenta un nuevo espíritu que recorría el Virreinato; cambios que alterarían el orden conocido, y tanto los estratos más altos como el pueblo reaccionaron ante ello, preparando el camino para la rebelión.
Presenta un nuevo espíritu que recorría el Virreinato; cambios que alterarían el orden conocido, y tanto los estratos más altos como el pueblo reaccionaron ante ello, preparando el camino para la rebelión.
Un nuevo espíritu recorre el Virreinato
Desde finales del siglo XVII, la Ilustración cambió la forma de pensar de la sociedad europea, que por medio de sistemas racionales desarrolló la ciencia y la técnica en todos los campos del conocimiento humano para explicar la realidad. La razón se convirtió en la luz que iluminaba el camino para salir de las "tinieblas de la ignorancia".
En España, al iniciarse el siglo XVIII (tras la Guerra de Sucesión), la familia de los Borbón asumió el poder y, de acuerdo con los principios ilustrados, realizó importantes reformas administrativas, económicas y políticas para fortalecer su autoridad y concentrar el poder en manos del monarca. Durante el reinado de Carlos III se modernizaron las ciudades y mejoraron la producción agrícola, la explotación mineral y el comercio; la recaudación fiscal se renovó para volverse eficiente, y en ocasiones onerosa para la población.
La Ilustración llegó a la Nueva España de la mano de funcionarios laicos o religiosos que introdujeron las nuevas ideas mediante instituciones educativas como el Colegio de Minería, la Academia de Nobles Artes de San Carlos y el Jardín Botánico. La lectura de gacetas y estudios científicos se hizo popular en las universidades y círculos acomodados. Hacia mediados del siglo XVIII las dificultades entre España e Inglaterra pusieron en alerta a la Corona, pues sus posesiones americanas corrían el peligro de ser invadidas y conquistadas por la potencia naval inglesa. Para conservarlas, las autoridades reales convocaron a los habitantes de América a la formación de milicias. Fue la primera de varias disposiciones que alterarían el orden virreinal y fracturarían su estabilidad política. Tales medidas, que multiplicaron los tributos, disgustaron tanto a comerciantes prósperos como a las capas populares de la sociedad novohispana.
Durante el reinado de los Habsburgo la América española había tenido facilidad para escabullirse de algunas de las disposiciones del rey con el lema "Acátense, pero no se cumplan". Las reformas de los Borbones para intentar sujetar a la Nueva España prepararon el camino para la Independencia.
La vida cotidiana en Valladolid de Michoacán
En ella se encuentra El traslado de las monjas dominicas a su nuevo convento.
En ella se encuentra El traslado de las monjas dominicas a su nuevo convento.
La vida de los habitantes de la ciudad de Valladolid (la futura Morelia), como la del resto de la Nueva España, estaba estructurada por la fe y la devoción religiosa. La campana de la Catedral marcaba el compás del día; éste se fraccionaba en siete partes, división que recordaba el número de veces que, según el Libro de Salmos de la Biblia, se debía alabar a Dios. Las fiestas del calendario litúrgico regían el ritmo del año.
De igual modo el esparcimiento era importante. A finales del siglo XVIII se acostumbraban los paseos a pie o en coche. Las calzadas de Guadalupe y de Nuestra Señora de los Urdiales eran las favoritas de los vallisoletanos para lucir vestido y abolengo. El animoso carácter de los novohispanos era afecto a la música y a los saraos; las pasiones se avivaban frente a las peleas de gallos, las partidas de naipes y el billar.
El chocolate constituía la bebida por excelencia. Caliente o frío, se consumía en fiestas, actos académicos y eventos públicos. Como muestra de generosidad y aprecio por los michoacanos, el obispo y el cabildo catedralicio convidaban chocolate en agua a los feligreses durante la Cuaresma.
Algunos vecinos prominentes convocaban a sus amigos en tertulias o reuniones, donde presentaban obras de teatro actuadas por ellos mismos, leían en voz alta gacetas y libros, discutían sobre política y acontecimientos de la ciudad y disfrutaban de la música y el baile. Los buenos anfitriones deleitaban a sus invitados al pasar en charola de plata polvillo de tabaco, papel de enrollar y un bracerito. Fray Francisco de Ajofrín comentó sobre el consumo del tabaco en la Nueva España: “Chupan todos, hombres y mujeres y hasta las señoritas más delicadas y melindrosas”.
La Independencia: guerra y consumación
Ilustra pasajes de este importante proceso en la vida local y de trascendencia nacional.
Ilustra pasajes de este importante proceso en la vida local y de trascendencia nacional.
La Independencia en el obispado de Michoacán
El antiguo obispado de Michoacán gozaba de prosperidad económica. Valladolid, Maravatío, el Bajío y Tierra Caliente habían alcanzado un notable desarrollo agrícola, ganadero y comercial. Sin embargo, esta prosperidad declinó hacia los últimos años del siglo XVIII con el aumento de la población, las crisis agrícolas y los tributos extraordinarios. El hambre, la leva, el alza de precios de productos como tabaco, vino, sal y telas finas, entre otros, así como el aumento de los impuestos tasados por la corona, orillaron a muchos hombre a sumarse a las filas insurgentes.
La intendencia de Michoacán fue escenario de la Guerra de Independencia. En agosto de 1811 se estableció en Zitácuaro la Suprema Junta Nacional Americana, primer órgano de gobierno insurgente, encabezada por Ignacio López Rayón. En Apatzingán, el Congreso de Anáhuac promulgó una Constitución que plasmó los ideales de la insurgencia; los fuertes construidos por los rebeldes hostigaron a las fuerzas realistas y, una vez debilitado el movimiento a la muerte de José María Morelos, al cabo de una brillantísima y meteórica carrera militar y política, éstos constituyeron la única resistencia.
Tanto Rayón y Morelos, por un lado, como Agustín de Iturbide, por el otro, quienes desempeñaron un papel fundamental en la Guerra de Independencia, eran originarios de Michoacán.
Michoacán independiente
Presenta el siglo XIX y dos proyectos de nación en pugna constante: el federalismo y el centralismo. La defensa de la soberanía ante la injerencia extranjera.
Presenta el siglo XIX y dos proyectos de nación en pugna constante: el federalismo y el centralismo. La defensa de la soberanía ante la injerencia extranjera.
Michoacán después de la Independencia
Después de 11 años de guerra, Michoacán, al igual que el resto del país, enfrentó serias dificultades. En la intendencia donde se había gestado la guerra privaban la destrucción y el caos. Los campos de cultivo habían sido abandonados; el comercio estaba detenido; los minerales de Tlalpujahua y Angangueo se encontraban parcialmente paralizados y las instalaciones de muchas minas parcialmente estropeadas (adrede, por uno u otro de los bandos en pugna); la cría de ganado también había disminuido. La tan anhelada paz fue objetivo cumplido con la firma del Acta de Independencia, bajo el lema de las tres garantías: independencia, religión y unión.
Hacia 1824, con el establecimiento de la primera República federal, Michoacán formó parte de los 17 estados iniciales. Su primer Congreso constitucional se instaló el 6 de agosto del año siguiente y nombró al licenciado Antonio de Castro primer gobernador. José Trinidad Salgado, antiguo insurgente, ocupó el cargo de vicegobernador. En esta época comenzó una lenta y trabajosa recuperación.
Michoacán debió lidiar con los vaivenes políticos de entonces. Echaron raíz en el estado las ideas centralistas y federalistas que, por medio de logias, se diseminaron por todo México. Las dificultades entre ambos grupos desembocaron en revueltas y asonadas durante varias décadas. Michoacán se destacó por defender el proyecto republicano federalista y conservar para sí la autonomía. Sin embargo, en 1836 el centralismo se impuso en el país y se hizo de adeptos, quienes años más tarde defendieron el proyecto monarquista de la facción conservadora.
Entre siglos: el Porfiriato en Michoacán.
Corresponde a una visión de lo acontecido a finales del siglo XIX y principios del XX.
Corresponde a una visión de lo acontecido a finales del siglo XIX y principios del XX.
El año de 1877 marcó el inicio del Porfiriato. En Michoacán, la restauración constitucional lograda por Manuel González y el nombramiento de Bruno Patiño como gobernador abrieron paso al inicio de un gobierno de casi 30 años, en los que el país experimentaría radicales cambios en aras de la modernidad y del progreso.
Los primeros años no fueron tiempos de paz. Hubo una rebelión encabezada por Epitacio Huerta, pero la amenaza seria la constituyeron los bandidos, asaltantes de caminos y secuestradores. Los descontentos regionales serían aplacados hasta 1881.
Michoacán contaba con una población de 618,240 habitantes, distribuidos de manera equitativa entre los centros urbanos y rurales. Durante el primer año del Porfiriato se inició un programa de recuperación demográfica mediante campañas de vacunación y medidas sanitarias cuyos resultados hicieron crecer a Morelia, Uruapan, Zamora, Puruándiro y Zinapécuaro, sitios donde se encontraban las haciendas más prósperas. De igual forma se revisaron las leyes de salud, se mejoraron los hospitales existentes y se establecieron otros como el de La Piedad.
En 1907 se resolvió el conflicto de límites entre los estados de Michoacán y Guerrero, al dejar el río Balsas como límite natural entre ambos estados: Pungarabato (hoy Ciudad Altamirano) y Sirándaro se integraron a Guerrero, mientras que La Orilla pasó a ser parte de Michoacán.
Hubo un aumento de la producción de maíz, frijol, trigo, cebada, chile, haba, ajonjolí y algodón. Se abrieron fábricas textiles en Morelia, Uruapan y La Piedad. De igual modo se mejoraron las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Esta última contribuyó al desarrollo material de Michoacán al remozar sus templos y abrir escuelas y centros de salud.
Estampas del siglo XIX: la Morelia del “Pingo” Torres
Mariano de Jesús Torres (1838-1921) pintó varios cuadros de la ciudad de Morelia.
Mariano de Jesús Torres (1838-1921) pintó varios cuadros de la ciudad de Morelia.
Cada generación produce, cuando menos, un amanuense que registra, mediante la palabra o la imagen, el mundo que lo rodea. Bajo el signo de la curiosidad y el asombro, explora las formas y los sonidos, los tonos y los matices de su entorno, para guardar el detallado registro en la memoria del lienzo, el papel y la tinta.
Es el caso de Mariano de Jesús Torres, destacado escritor, poeta y periodista del siglo XIX mexicano. Nació en 1838 en Morelia, la capital del entonces joven estado que se debatía entre la conformación de un proyecto político y de su perfil en medio del concierto nacional. Su carácter inquieto y espíritu humanista lo llevaron a estudiar jurisprudencia y a vincularse con el periodismo. Marcado por el pensamiento liberal, pronto se convirtió en un intelectual crítico del régimen de Porfirio Díaz y del conservadurismo de la época. En su propia imprenta publicó numerosos periódicos (entre ellos el célebre Centinela) donde él y otras notables plumas de su tiempo abordaron con gran versatilidad la política, literatura, música y poesía. Motivado por un ánimo científico, los almanaques y los diccionarios se cuentan también entre sus publicaciones.
Del mismo modo que con el seudónimo "el Pingo" dio testimonio de los vaivenes políticos y los ánimos y las apetencias de sus contemporáneos, como pintor autodidacta capturó en imágenes estampas de una ciudad en transición: por un lado, una Morelia de sabor provinciano, de mañanas calmas surcadas apenas por las campanadas de Catedral, los gritos del sereno y el crujir de las carretas y coches de caballos; por otro, la ciudad capital cargada de historia que pronto vería la llegada del tranvía, del alumbrado incandescente y de la modernidad. La magia de las estampas radica en su ubicuidad: son la memoria de un tiempo lejano y la materialización del mismo en el presente.
Dos patios (principal y lateral, lado derecho)
El principal se caracteriza porque “muestra los rasgos de simetría y ligereza en la arquería, y moderación en su decoración barroca.
El principal se caracteriza porque “muestra los rasgos de simetría y ligereza en la arquería, y moderación en su decoración barroca. Tiene forma cuadrada y está circundado de corredores delimitados por arcos de medio punto apoyados en columnas toscanas; los arcos muestran el extradós moldurado y, en el caso de los centrales, la clave se señala con mascarones y una piña en el intradós, y las enjutas con una flor; las columnas muestran su fuste monolítico y ligeramente curvo”.
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